Gonzalo Delamaza – Octubre 2021
Luego de que Rodrigo Rojas Vade, ex «primera línea», ex convencional, apareciera maniatado e inconciente en su vehículo cerca de Pomaire, donde actualmente reside, he leído que la investigación realizada apunta a un «autoatentado». El hombre, bajo la influencia de las drogas, habría simulado un ataque con connotaciones políticas o de crimen de odio. Nada es oficial aun, pero recordé este texto que escribí en el ahora lejano mes de octubre de 2021, cuando Rojas Vade acababa de renunciar a la Convención Constitucional, luego de descubierto su fraude como enfermo de cáncer y manifestante. Lo incluí en mi libro «Por un Chile Diferente» (LOM Ediciones, 2024) traigo a colación ahora. Para que nadie diga que «no lo vimos venir».
«Uno de los rasgos más problemáticos de las generaciones políticas que emergen de tanto en tanto, en épocas de crisis, es que el mismo ímpetu que las hace surgir, en no pocas ocasiones les nubla la mirada hacia lo que vino antes (y que explica por tanto también su emergencia). Es usual que perciban que “la historia comienza con nosotros” y que su esfuerzo principal sea dejar atrás ese pasado que nada vale y que aparece como “la noche oscura y tenebrosa”. Así ocurrió con la generación de la izquierda “de los sesenta”, en relación a la trayectoria centenaria del movimiento popular y los partidos obreros, al que consideraban ¡puro reformismo! Por eso Allende se enfrentó a los jóvenes universitarios y miristas en Concepción. En nombre de su trayectoria con el movimiento popular, para invitarlos a contribuir, pero quitándoles la ilusión de ser los “verdaderos revolucionarios”. Los estudiantes universitarios que protagonizaron las movilizaciones de 2011, tuvieron también la misma tentación moralizante, arrogante y despectiva con la “clase política”, cuando algunos de ellos hicieron su ingreso a la política institucional. Afortunadamente eso ha ido rescindiendo un poco con los años y hoy se escucha al presidente Boric reivindicar el legado de Allende y el socialismo chileno.
En el caso del “estallido social” de octubre de 2019 el fenómeno se intensificó. Por la masividad de los eventos, porque nuevamente lo iniciaron y en algunos espacios protagonizaron los jóvenes y porque se nucleó explícitamente en contra de la “clase política”. Y también por la falta de organicidad y conducción política del movimiento (ni carteles había los primeros días, sólo caminatas, barricadas y cacerolas). Eso explica que personas que no sobrepasaban los quince años hayan lanzado la consigna “no son treinta pesos, son treinta años”. Sin ninguna duda no lo decían en sentido literal, puesto que poco conocían de esa treintena, sino en un sentido político: englobaban en el período democrático todos los males que denunciaban. Por eso tampoco hacían referencia a la dictadura militar previa –que condicionó y condiciona a la democracia chilena- que indudablemente desconocían todavía más. Otra expresión corriente durante el estallido: ¡Chile despertó! ¿Estaba dormido? ¿Hipnotizado, como creen algunos sicólogos? ¿Lo despertaron los estudiantes? (Levántate Juana y enciende la vela… decía una vieja canción infantil y … también eran los estudiantes). ¿Estábamos dormidos el 2006? ¿Y el 2011? ¿En los movimientos regionalistas de 2012? ¿Dormían las 200 mil personas en los encuentros auto convocados, el “mayo chilote” y las movilizaciones multitudinarias del movimiento No + AFP, todo ello en 2016? ¿Las mujeres del “mayo feminista” de 2018?
Algo de todo eso me ha recordado el caso del ex Primera Línea y ex convencional Rojas Vade. El nunca participó mayormente de nada, hasta ese día mágico del 18 de octubre de 2019. Probablemente ni siquiera sabe lo que sucedió antes. ¿Y cómo participó? Como le indicaba su formación de actor de teatro: de modo performativo. Es decir, construyó un personaje apto para el escenario y el público del momento. Lo propio hicieron la Tía Pikachu y Dino Azulado, ambos elegidos como convencionales. Pero, claro, ellos no son profesionales de la actuación, sino solo una “tía del transporte” y un mecánico eléctrico, ambos entusiastas del movimiento y nutridos de la cultura pop infantil. El Pelao Vade fue más profundo: utilizó su propia biografía, que ya había construido a su conveniencia, para no contarle a su pareja y amigos cual era su enfermedad. ¿Por qué no podía contarles? Porque se sentía discriminado, dijo. No tenía idea que ya a comienzos de los dos mil -¡hace veinte años!- Vivo Positivo y otros grupos habían dado la lucha a cara descubierta para lograr tratamientos para el VIH (y lo lograron), haciendo de la discriminación, no una victimización sino una demanda, y de su superación una meta a conquistar. Seguramente, tampoco sabía de la “marcha de los enfermos”, de diez mil personas en 2014, que culminó en la Ley “Ricarte Soto” (quien sí murió de cáncer), para financiar tratamientos de alto costo.
Como no tenía historia colectiva, su biografía la convirtió en performance: se quitó la ropa, “acuerpando”, un término muy propio de la era de “la manifestación”, (ver el libro del mismo nombre de Filleiule y Tartakowski, 2015) y escribió en su cuerpo, al que adhirió sondas, vendas, jeringas. Lo convirtió así en un artefacto, una instalación, en el sentido que le dan los artistas visuales. Con una imagen cristológica, que tanto pega en las culturas católicas y llenas de culpa, doliente pero valiente (como el Che Guevara muerto en Bolivia), se volvió ícono de la Plaza Dignidad y por extensión del estallido, de los “despiertos” del nuevo Chile. ¿Qué escribió en su cuerpo? En síntesis, escribió “soy una víctima”. ¿De quién? Del sistema. ¿Por qué? Porque tengo una deuda que no puedo pagar, porque la salud es un negocio y el pueblo sufre las consecuencias. ¿Era todo mentira? No lo era en sentido colectivo (la salud es un negocio, la mayoría no puede pagar), pero lo era al fundir esa dolencia colectiva en una imagen personal: no sufría de lo que decía, se había atendido en la Clínica Alemana (no en el sistema público, que probablemente no conoce), llevaba mintiendo desde antes, para no pasar vergüenza. En el paso a la Convención, en el paso a la política, la tensión entre lo personal y lo colectivo se volvió imposible. Alguien interesado rebuscó antecedentes y descubrió el engaño, lo que se castiga fuertemente en la era de la transparencia. Y el hombre se dio cuenta (“no tengo nada más que hacer allí” – declaró). Pero eso no resuelve nada, porque cuando no te derrotan tus adversarios bien puedes derrotarte a ti mismo. Responsabilidad personal no es lo mismo que performance. La identidad de “víctima” no exime de nada (ver el excelente libro de Constanza Michelson “Hasta que valga la pena vivir”). Y porque la política no se resuelve solo con decisiones personales: renuncio, pido disculpas, contrato abogados, me escondo. Se trata de un juego colectivo, que se rige por reglas que entre todos acordamos y tiene otras densidades.
Y eso nos lleva a la Lista del Pueblo, de la mano de la cual Rojas Vade pasó de la manifestación y la foto periodística, a la política. En realidad, la Lista, como opción política, nunca existió. Fue solo una genial operación electoral, que aprovechó las reglas institucionales excepcionales de la Convención (la posibilidad de “listas de independientes”), para agrupar a los dispersa/os. Pero no a cualquiera, sino a los que ya tenían cierto arraigo territorial, mediático, grupal. Solos, cada uno de ellos no ganaba, agrupados sí podían hacerlo. Y lo hicieron. Pero ¿qué los reunía? Eso no se había alcanzado a conversar. En realidad, casi nada se había alcanzado a conversar. Y, como suele suceder, el éxito cegó a sus protagonistas. Si lo hicimos una vez, ¿por qué no de nuevo?, ¿por qué no vamos por más?, se preguntarían los líderes (invariablemente esos líderes y ese pensamiento son netamente varoniles o hetero normados, diríamos ahora). Era una triquiñuela en realidad: comportarse como un partido político, pero sin pasar las penurias de formar uno y, sobre todo, sin asumir las responsabilidades que ello involucra. Por eso, uno a uno, una a una, sus integrantes en la Convención se fueron retirando. Los que quedaban formaron “Pueblo constituyente”. Pero luego también se iban retirando. ¿Por qué? Porque eso tampoco existe y la Convención es para otra cosa. ¿Dónde se retiran? A su arraigo previo, en el nombre del cual fueron electas y electos. Por eso quienes provienen de los movimientos sociales, de colectivos organizados, no requerían a la Lista del Pueblo, salvo para ser elegido/as. Mientras esa lista desaparece, lo que ellas y ellos tienen para representar – si es que lo tienen- sigue incólume. Y allí han regresado. Algunos/as se han agrupado en una lista de “Movimientos Sociales”. ¿Qué se perdió en el camino? Principalmente el momentum de acercar más a la sociedad y la política en el marco de la Convención, la mayor oportunidad en décadas para hacerlo. Y se perdió, pues aun no es claro para los movimientos y los movilizados, que hacerlo es necesario. Resulta todavía dominante el discurso de una genérica y ambigua “democracia directa”. Por eso, la Lista del Pueblo no daba a conocer los nombres de quienes se reunían y tomaban decisiones por “el pueblo”, porque ellos, fuesen quienes fuesen, eran “el pueblo”. Resulta todavía seductora la idea de abolir la representación y actuar directamente desde “los territorios” (ver las entrevistas y los textos del historiador Gabriel Salazar). Hay múltiples razones por las cuales la representación democrática ha perdido prestigio y requiere urgentes complementos, también de democracia participativa y directa. Pero lo que no existe en parte alguna es la “no representación” como principio democratizante. Todavía falta un rato para recobrar las opciones de la política transformadora desde, con y en nombre de “los pueblos”.» (G. Delamaza: Por un Chile diferente. Participación popular en el proceso constituyente. LOM Ediciones, 2024, pp. 212 – 216)

