Ha surgido de la pluma de Mauro Basaure, seguido luego por Alfredo Joignant y ahora por Guido Girardi, la idea de identificar y numerar diferentes izquierdas que existirían y sugerir algún modo de diferenciarse para reunirse luego. Eugenio Rivera responde bien a estos últimos el 30 de enero (https://desenfoque.cl/2026/01/29/una-dos-tres-cuatro-izquierdas-respuesta-a-girardi-y-ramirez/), así es que concentrémonos en las “dos izquierdas”. Es una discusión relevante en el plano conceptual: ¿qué principios pueden orientar la acción transformadora en un sentido de igualdad y profundización democrática? Pero el debate planteado, somo suele ocurrir, está demasiado presionado por la coyuntura política chilena actual y pareciera que se confunden los planos. Una cosa es identificar aspectos que deben componer una alternativa de cambio transformador, otra distinta es quien y como los organiza y una, muy diferente, es como ocurre la dinámica política efectiva en el país. Partiendo por lo último, se entiende que se trata de explicar la derrota electoral de diciembre. Es bastante evidente percibir que la derrota venía de antes, específicamente desde septiembre del 2022, con la emergencia del nuevo universo electoral, previamente no movilizado ni participante, y especialmente sensible a la crisis de seguridad, a los coletazos post pandemia y a los efectos de la intensificación migratoria, especialmente venezolana entre 2017 y 2023. Nada de eso está directamente relacionado al desempeño del gobierno que termina. Antes bien, este es la última expresión del ciclo anterior. Nació herido en el ala por los resultados de la parlamentaria de noviembre de 2021 -que anunciaba lo que venía y lo dejaron en minoría- y el fracaso constitucional con el cual se identificó de manera excesiva. Pero que no llevó al gobierno a actuar en consecuencia en el ámbito de las políticas públicas, ni a la coalición oficialista dentro de la Convención, para obtener el triunfo que requería. Sin embargo, es el gobierno el que “carga con el muerto”, tanto para la ciudadanía como para los analistas. Y eso abre paso a todo tipo de sobre interpretaciones, obsesiones incluso.
Si se piensa bien, la situación no fue tan distinta a lo sucedido con el gobierno de Piñera post octubre 2019. El gran mérito de ambas administraciones fue haber durado hasta el final de sus períodos, concesiones mediante. Y haber logrado aprobar algunas medidas, todas alejadas de las pretensiones originales, que ya no tenían vigencia. El desempeño del gobierno actual fue superior, puesto que al de Piñera simplemente muchos de sus congresistas le dieron la espalda en materia de retiros de fondos previsionales y otros. Y en términos de candidaturas presidenciales para la sucesión, también lo fue: mientras la candidatura de Sichel apenas superó el 10%, siendo derrotado por Kast, el oficialismo actual logró unificarse en torno a Jara. Así, mientras la derecha se dividía, al parecer por largo tiempo y el piñerismo era derrotado en primera vuelta, el gobierno actual, votado por un electorado voluntario en la coyuntura post 2019, es derrotado ahora en la segunda vuelta. Y recién en este momento, entonces, se abre el debate sobre “las izquierdas”.
La proposición inicial de Basaure sobre la izquierda “materialista” y la “identitaria”, es interesante para pensar el futuro, pero no tiene que ver tanto con el gobierno y su desempeño y, menos aún con el ordenamiento político de los partidos. La debilidad de la coalición oficialista se debe a su carácter circunstancial y meramente táctico, entre fuerzas muy disímiles y enfrentadas entre sí (especialmente Frente Amplio y “socialismo democrático”, pues los comunistas ya habían formado parte de la Nueva Mayoría). Y al declive sostenido de al menos tres partidos que se ubicaron en la periferia oficialista: la Democracia Cristiana, el Partido por la Democracia (a pesar de tener a Tohá en el Ministerio del Interior) y el Partido Radical. Vale decir, dos tradicionales y un “hijo de los años noventa”. Y ninguno de ellos autodefinido como “de izquierda”. Difícilmente se podía levantar a partir de ese conjunto una alternativa que enfrentase con éxito a quien lograse la hegemonía en la derecha. La primaria unificada fue un éxito político coyuntural, pero no un dato significativo en la dinámica electoral ampliada del voto obligatorio. Tampoco modificó el horizonte programático, a pesar de los esfuerzos de JJ, ni menos aun la perspectiva estratégica. Esta última no estuvo ni siquiera en juego, pues todas las candidaturas hablaban de lo mismo, es decir del menú impuesto por la derecha con eco en los medios de comunicación: seguridad, crecimiento y migración. Punto.
Hasta aquí ni aparece la división propuesta por Mauro Basaure, no porque no tenga sentido, sino porque se mueve en un plano digamos ideológico y pierde fuerza al aplicarla a la dinámica de la coyuntura. Pero hay más, ¿cuáles serían las fuerzas “materialistas” y las “identitarias”? Si atendemos a lo escrito por Basaure o por Joignant, las primeras serían las del “socialismo democrático” y sus adláteres. ¿Cómo identificar al PPD con el “materialismo”, si fue el primero que asumió las causas “modernas” (para la época), del ecologismo, el feminismo y la diversidad sexual? ¿O al Partido Liberal o el Frente Regionalista Verde Social (basta ver el nombre del “partido”)? Y al otro lado, el de los “identitarios”, ¿quiénes lo conforman? Al FA podría venirle el sayo, pero el PC , ¿“identitario”? Ni la dupla Carmona/Sepúlveda, ni Jadue, ni tampoco la joven generación de Jara, Vallejos o Núñez van por ese lado. De hecho la candidata Jara planteó gran parte de su campaña a partir de su historia popular y de acenso social meritocrático.
Cerremos esta reflexión “politiquera” afirmando que a cada sector del actual oficialismo le cabe enfrentar desafíos propios, que anteceden a la posibilidad de actuar junto, no como oposición a Kast, que pueden hacerlo desde ya, sino como proyección política ante el actual electorado y las crisis profundas que nos atraviesan, tanto a Chile como al resto del mundo. La crisis general de la “forma partido” como canal de expresión y agregación política es desafío para todos. El declive sostenido de identidades políticas tradicionales, como la demócrata cristiana y la radical, que nacieron y se mantuvieron en un escenario social y político que ya no existe, obliga a estos sectores a replantearse el asunto desde el fondo. Algo similar ocurre con el PPD, sin ideología, con menos tradición y carente de justificación histórica hoy, pero subsistente en el Congreso, a pesar de todo. A los comunistas les toca enfrentar lo que nunca antes: la existencia de corrientes internas más o menos estructuradas. He leído que se les recomienda seguir la ruta del “eurocomunismo”, medio siglo después. Supongo que es un chiste, ya que todos los que siguieron dicho camino simplemente desaparecieron. Los socialistas, que antes se desgarraban por las corrientes internas, hoy viven felices con sus “lotes”, carentes de cualquier connotación política real. Son como pymes dentro de un holding -pequeño pero holding al fin- sin controlador principal y, peor aún, sin visión, misión, ni plan estratégico. En fin, al FA le toca decidir lo que quiere ser si es que quiere ser algo, ahora que existe formalmente y que la promesa que encarnaron debe ser reformulada.
Yendo un poco más al fondo del asunto, pero de un modo historizado y no abstracto, la distinción entre “materialismo universalista” e “identitarismos particularistas” tampoco es tan sencilla. La “política de la identidad” pura y simple es de corto alcance: siempre una identidad topa o colisiona con otra. Y la suma de actores particulares no hace un sujeto colectivo. Pero el falso universalismo, ese que esconde las subordinaciones, las invisibilidades y la heterogeneidad, en nombre de la “contradicción principal” o, peor, del “bien común” y “aquello que todos queremos”, hace tiempo fue desplazado por la realidad social contemporánea. De modo que recuperar horizontes emancipadores requerirá sí o sí síntesis de estos principios y concreción en alternativas. Y en esto, mas vale seguir el viejo adagio campesino: ensillar despacio, pues queremos llegar lejos.


