¿Qué tiene que ver Venezuela en todo esto? Me parece que resume las dificultades de la izquierda. No por el contumaz argumento de “Chilezuela” o por si se lo considera o no una “dictadura” (un clásico del “debate” nacional). Sino por dos razones principales. En primer término, porque la acción del gobierno venezolano ha causado un enorme perjuicio a diversos países y es directamente responsable por la “securitización” de la agenda política en todo el continente. Y en segundo lugar porque también el régimen de Maduro abandonó la legitimidad como principio y se afirmó en mero ejercicio del poder autoritario. De tal modo que resulta extremadamente difícil defender a Venezuela frente a la intervención armada de Estados Unidos, que es lo que obviamente se debería hacer. Peor aun, con todo eso, no tuvo siquiera la capacidad de defender su trinchera frente al verdadero enemigo y hoy trabaja codo a codo con el gobierno de Trump y sus exigencias.
Con respecto al impacto del fracaso político y económico del gobierno venezolano no hay mucho que abundar. Se trata de un porcentaje cercano a un cuarto de su población que se ha visto obligado a emigrar a otros países en los últimos años. Principalmente a Colombia (cerca de tres millones de personas), Perú (un millón y medio), Estados Unidos, Chile y España (sobre setecientos mil personas en cada uno de esos países). Las cifras son frías, pero elocuentes sobre el sufrimiento implicado en este proceso, al cual el régimen de Caracas ha permanecido impávido. Y, evidentemente, sobre el carácter fracasado del régimen en materia económica y social. Se solía defender a Cuba por sus logros en educación y salud. También en ciencia, deporte y otros asuntos. Acá nada de eso.
Cuento aparte es el impacto desestabilizador que ha tenido esta diáspora en los países andinos, por la magnitud demográfica y la velocidad del proceso. Y también por la internacionalización de formas criminales provenientes de cárceles venezolanas, muy probablemente con elementos de connivencia con el propio régimen de Maduro. ¿Cómo luchar a favor de las y los migrantes y sus derechos en estas condiciones? ¿Cómo resistir el impulso autoritario y la promoción del racismo, la discriminación y las propuestas de expulsión masiva de los “extranjeros”? La ruptura de relaciones diplomáticas por parte de Venezuela ha impedido además toda colaboración en materia de control delincuencial, regulación de la migración, etc. Pero no solo eso, los esfuerzos multilaterales de los gobiernos izquierdistas que propiciaron el diálogo y la negociación con el régimen, como Brasil, México y España, fueron desoídos y burlados por éste. ¿Para qué? Para terminar de rodillas frente a Washington, sin siquiera presentar batalla. Otra versión, esta vez ridícula, del emperador desnudo, a pesar de su verborrea permanente.
No haremos aquí la historia del “socialismo del siglo XXI” de Hugo Chávez y su decadencia. Sólo digamos que nació de un liderazgo militar -y no político social popular- y se afirmó en una vieja receta que se agota rápido: la beneficencia social con el dividendo de los recursos naturales, en este caso el petróleo. El modelo no sobrevivió ni a la muerte del líder -asesinato dice ahora Diosdado Cabello- ni al descenso de los ingresos del petróleo, por menores precios, por ineficiencia y por la corrupción rampante. Pero sobrevivió el gobierno del ungido por el Comandante (al parecer por sugerencia cubana). Y para hacerlo debió abandonar la legitimidad. Antes de la amenaza norteamericana, antes de la operación contra Maduro, ya el gobierno “bolivariano” había erosionado sus bases de legitimidad y se afirmaba sobre la represión.
Una de las características de los procesos de transformación social iniciados en América Latina durante el siglo XXI es que se realizan en el marco de la democracia liberal. Con distintos componentes de personalismo presidencial, como es tradición en el continente, y con componentes “populistas” de diverso orden, no se afirmaron como procesos revolucionarios con régimen de partido único “a la cubana”. Ello significó retrocesos o cambios políticos importantes en casos como Uruguay o Brasil que, sin embargo, no destruyeron completamente lo que se había logrado avanzar. En otros casos, como Argentina, Ecuador o Bolivia, no sobrevivieron al líder (o a su esposa). Ni sus partidarios fueron capaces de renovar el liderazgo. Cuando estos se aferraron al poder desestimando las elecciones y la voluntad popular, abandonaron la legitimidad electoral y abrieron el paso a golpes militares (Bolivia) o instauraron regímenes crecientemente represivos, corruptos y no reconocidos en el exterior, como fue el caso de Nicaragua y Venezuela. Hugo Chávez se jactaba de las elecciones que había ganado y desafiaba a la oposición. Incluso esta intentó un referéndum revocatorio, que también ganó el comandante. Maduro, en cambio, carecía de instrumentos para ganar elecciones, por lo que simplemente las amañaba. ¿Quién lo defendería de su propia tozudez ante el ataque armado de Donald Trump? Al parecer ni el cerco cubano de seguridad lo hizo. Ni sus socios en el gobierno, que prefirieron negociar (es un decir: se subordinaron). Ni los gobiernos de la región. Menos aún el pueblo. Un último apunte sobre esta espina venezolana sobre la izquierda latinoamericana. Luego de la vergonzosa capitulación del régimen ante la agresividad efectiva de Trump, queda poco que decir. Solo esperar lo que ocurrirá con Cuba, otro país en plena crisis y sin capacidad de rectificar. Pero el fin del régimen o de parte de él significará en lo inmediato una reducción de la emigración a otros países, aliviando la presión. De hecho ello ya comenzó a ocurrir a partir de 2024. A mediano plazo el restablecimiento de relaciones diplomáticas, mejoramiento de la seguridad regional, retorno de migrantes a su país. Todo ello beneficiará política y prácticamente a gobiernos como el de Kast, Jeri, Milei y Noboa. Afirmando la embestida norteamericana, que va ahora por Panamá, México y Colombia y debilitando las opciones de cambio. Menuda herencia de lo que comenzó como una esperanza hace un cuarto de siglo. El próximo cuarto será duro. Ya lo está siendo.

