Gonzalo Delamaza
Diciembre 2025
No es este un texto sobre Jeanette Jara. Pero me ha parecido conveniente mencionarla en el título del mismo, pues su campaña y su derrota en segunda vuelta cristalizan el momento que vivimos como democracia y abren el debate acerca del futuro. Con las limitaciones de una coyuntura, sin quedarse ni pasarse, como diría Violeta. Con el primer presidente pinochetista electo por mayoría en nuestra democracia post noventa, se multiplican las interpretaciones -y las sobre interpretaciones- a modo de balances, explicaciones y proyecciones. Ejercicio necesario, siempre que se haga con evidencia y con la parsimonia requerida. A eso queremos contribuir. No es necesario hacer el recuento completo de todo lo sucedido entre octubre de 2019 y diciembre de 2025, pero sí podemos decir que se cierra el último de los elementos propios del período de disputa por la transformación política y social que se abrió en aquella primavera hace seis años y se materializó en el intento por el cambio constitucional. La movilización masificada abortó en marzo de 2020, a partir del encierro de la pandemia del COVID 19. La Convención Constitucional se volvió minoritaria dos años después (marzo 2022) y fue derrotada sin apelación en septiembre. Quedaba aún -debilitado y todo- el gobierno de Gabriel Boric, superviviente de ese proceso ya finalizado. Ahora el círculo se cierra con la elección de José Antonio Kast hasta el fin del decenio.
Recapitulemos, ¿qué pasó durante este período?
JAK hizo lo suyo: compitió tres veces, derrotó a la derecha tradicional en 2021 y luego reconoció sin demora ni matices el triunfo de Boric. En 2025 impuso sus condiciones a la derecha tradicional al negarse a las primarias, controló al emergente Kaiser a través de una alianza para el Congreso, con buenos resultados. Pero por sobre todo hizo dos cosas que no hicieron otros desafiantes como MEO, ni Franco Parisi: construyó un partido territorialmente asentado y disciplinado y moduló a la baja su discurso de campaña, centrándose en ideas simples -sin tocar ningún tema espinoso o contramayoritario- que responsabilizaban de todo al gobierno Boric y lo erigían a él como la mejor alternativa opositora. Básicamente se trataba de que “el país se cae a pedazos”, “Boric tiene la culpa” y “yo lo voy a arreglar”.
Al frente tenía al gobierno de Boric y como candidata a su mejor cara, la ex ministra del trabajo, que articuló al oficialismo y la DC. Sin una coalición ni un programa común, pero con unas primarias que le dieron la legitimidad. Se trataba de un gobierno herido en el ala en septiembre de 2022. Este no sólo renunció a lo que había prometido, lo que es duro para sus partidarios, pero no es raro. No tenía mayoría en el Congreso y había apostado toda su viabilidad al resultado del plebiscito de salida de la Convención, pero sin conducirla ni coordinar una estrategia en su interior. Recuérdese que los partidos de Apruebo Dignidad sostuvieron posturas divergentes durante la Convención y perdieron el lugar en la dirección de la misma en enero del 22. Apenas asumido, el gobierno se la jugó por rechazar nuevos retiros de fondos previsionales, que había apoyado como oposición, sin tomar medidas alternativas en un momento de descenso del poder adquisitivo. La Convención, a su vez, se desmarcó de la campaña “Con mi plata No”, apoyada por las AFP, sin tomar tampoco medidas alternativas, abriendo así el flanco para el discurso que vino después.
¿Qué hizo Boric ante la derrota en el plebiscito? Algo lógico, ampliar la alianza. Pero eso no alcanzaba, claro, igualmente se trataba de las fuerzas del Apruebo, las del 38%. Lo que vino a posteriori fue básicamente sostener la institucionalidad política y económica -un gobierno de normalización- y obtener algunos logros puntuales. Los principales o de mayor alcance masivo los encabezó justamente Jeanette Jara, de ahí su amplio apoyo en primarias y su buen desempeño como candidata. Se puede agregar la gestión del ministro Cordero (Plan de Búsqueda de Detenidos Desaparecidos), la ministra Orellana (ley de pensiones alimenticias), la ministra Vallejos, que se volvió casi inatacable, el ministro Montes (Plan de Emergencia Habitacional) pero golpeado por el “caso convenios” e incluso la ministra Tohá en seguridad, aunque con un marcado énfasis en la agenda legislativa por sobre las medidas de corto plazo, lo que difícilmente reditúa en los sempiternos matinales y las redes sociales.
Todo lo anterior con dos limitantes básicas. Por una parte, la agenda política no la fijó el gobierno prácticamente en ningún momento, fue dominada por la derecha precisamente en los campos que luego se dio la campaña electoral: débil crecimiento económico y persistente desempleo, descontrol migratorio y alta percepción de inseguridad, ligada al incremento de una delincuencia de mayor peligrosidad. Ni el gobierno, ni las distintas colectividades que lo apoyaban, fueron capaces de salir de esa reducción discursiva y política y de los términos que ésta imponía. Por otra parte, la gestión misma fue muy deficitaria y cometió errores sucesivos. Cada uno de los cuales tuvo un costo político altísimo para la administración. Entre los mas onerosos: la desastrosa visita de la ministra Siches a Temucuicui; la fallida compra de la casa de Salvador Allende (que significó la pérdida de dos ministras, una senadora, numerosos/as asesores y funcionario/as directivos); la conducción de Giorgio Jackson en ambos ministerios donde se desempeñó y el affaire Monsalve, que golpeó al corazón del gobierno, pues era el único alto funcionario que tenía respaldo transversal en el tema central de la campaña posterior y la sensibilidad pública. Todo esto con la Araucanía militarizada durante el período completo y sin avances en la materia, con una aguda crisis en el Poder Judicial, la virtual parálisis de la agenda medio ambiental y un entorno internacional crecientemente hostil. Ante a esto último el presidente mantuvo el tipo, tanto frente a Maduro como frente a Trump, pero se intensificaron las implacables críticas de la oposición. Esta echó por tierra la crucial reforma tributaria e impulsó seis acusaciones constitucionales, todas fallidas, como parte de una estrategia de bloqueo permanente. La base “conceptual” de dicha orientación arrancaba del fracaso del proyecto constitucional: el gobierno, en realidad, no tenía legitimidad para desarrollar su proyecto, toda vez que su alternativa había sido derrotada. Todo cuanto hiciera venía contaminado por ese hecho y debía abandonar su agenda. Kast y los republicanos llevaron esa política al extremo: no participaron de ninguno de los acuerdos, llenos de concesiones, que se lograron en el cuatrienio.
Pero ¿por qué la derrota tan clara del proyecto constitucional y ahora de Jeanette Jara? Sostengo que el cambio no es tanto de la sociedad, ni de las ideologías, como de la sociología electoral y, por lo tanto, de los desafíos específicamente políticos. La introducción de la inscripción automática y el voto obligatorio con altas sanciones, sumado a la georreferenciación de los locales de votación, produjeron un incremento enorme de quienes participan en los actos electorales. Desde el establecimiento del voto voluntario en 2012 tuvimos una participación por debajo del 50%. Osciló entre el 43,4% para convencionales del 2021 y el excepcional 55% en la segunda vuelta de 2021, que convirtió a Boric en el presidente más votado de la historia. A partir del plebiscito de salida estamos sobre el 85% de participación electoral. Es decir, un incremento de más de cinco millones de votantes que anteriormente no sufragaban (ni siquiera lo hicieron en el plebiscito de entrada de 2020). Estaban distantes de la política institucional y seguramente también de la movilización social y los asuntos públicos en general. Y, al menos desde 2022, ese electorado se ha pronunciado mayoritariamente a favor de opciones de oposición o “rechazo” y de candidaturas de derecha. Pero tanto la Convención como el gobierno de Boric fueron hijos del voto voluntario, lo que equivale a decir que las izquierdas fueron mayoría en ese universo y no en el de las y los votantes obligados. No es extraño que no hayan logrado responder eficazmente a sus demandas.
En términos de la elección, entonces, podemos afirmar que la derrota del centro y la izquierda unidos, venía de antes. No fue responsabilidad de la candidata Jara. El fracaso constitucional -que también lo tuvo la ultraderecha -aunque en un contexto diferente, pues no querían reformar la de 1980- y el giro hacia un reformismo “posibilista” no fueron respuestas adecuadas a las demandas. Mal que mal se trataba de que la transformación global había fracasado sin haber dado solución a los problemas que agitaron a la sociedad en los años previos (pensiones, salud, educación). A ello se sumaban las nuevas agendas post revuelta y post pandemia: crecimiento y empleo, seguridad pública, crimen organizado, incremento de la migración regular e irregular y vivienda. A pesar de ello, el gobierno mantuvo un consistente 30% de apoyo durante todo el período, lo que no es poco en la actualidad. La candidatura de JJ empujó los números hacia arriba: luego de un pobre desempeño en la primera vuelta, incrementó su votación en 1.800.000 votos, cuando no tenía por donde crecer. Los votos de Artés y MEO sumaban apenas 240.000. Los trece puntos porcentuales los ganó la candidata de votantes provenientes de Parisi, Matthei y, marginalmente, Mayne-Nicholls. No es poco.
Tampoco es un fenómeno reciente el fracaso presidencial de la llamada derecha tradicional. En la práctica este es su tercera derrota consecutiva, sólo interrumpida por el triunfo de Sebastián Piñera en 2017. En 2013 la propia Matthei obtuvo un escuálido 38% en segunda vuelta (Bachelet le sacó 26 puntos porcentuales de ventaja, alcanzando el 62%, el mayor porcentaje hasta hoy en segunda vuelta). Luego intentaron un candidato independiente, Sebastián Sichel, que llegó cuarto en primera vuelta. Ahora la derecha tradicional llegó en quinto lugar, con apenas 13% de la votación. También eso viene de antes. Solo se consolida el cambio de hegemonía interna dentro del sector.
¿Qué hay de nuevo entonces?
De una parte, un presidente pinochetista, aunque trata de moderar su discurso para no quedar aislado. Lo han tenido que hacer de manera análoga tanto Piñera después de octubre 2019, como Boric después de la Convención. La diferencia es que Kast llega en un momento de crecimiento de la ultraderecha en América y Europa y por lo tanto la tentación mesiánica es mayor. También es nuevo que una candidata comunista haya encabezado una coalición amplia, incluyendo una disminuida Democracia Cristiana, y haya obtenido relativamente buenos resultados.
Es nuevo, aunque no tanto ya, el escenario electoral ampliado, que marcará los comicios en el futuro. Mas allá del “núcleo permanente” de electore/as fidelizados, quienes terminan decidiendo los resultados son quienes concurren obligados, quienes se informan por las redes sociales, a última hora, que no tienen una motivación propia para sufragar y que tienden al voto “rechazo” (al menos ya lo han hecho así las tres veces que han votado). No se trata de un voto “de centro”, tampoco de “extrema derecha” y su caracterización es tarea principal de la política hoy y mañana. Hasta el momento se los considera en términos de marketing político, como “llegar” a ellas y ellos. Pero se requiere una caracterización más rigurosa, que permita fundar la acción política hacia estos nuevos sectores, que siempre “estuvieron allí”, pero no se expresaban políticamente.
En términos de las candidaturas lo realmente nuevo fue Kaiser y el buen desempeño de Parisi. El primero recién emergiendo, con un partido en construcción y enfrentado al dilema de crecer por la vía del populismo de ultraderecha tipo Milei o participar de un gobierno que encarna una parte de su agenda. Parisi, por su parte, obtuvo un 20% que aún no se sabe cuan sólido o estable será. En el pasado tanto MEO como Beatriz Sánchez obtuvieron esos porcentajes, sin lograr consolidar su apoyo. Hoy Parisi cuenta con una bancada en el congreso que le permitiría jugar un rol dirimente. Pero anteriormente el Partido de la Gente (PDG) no sobrevivió a la legislatura. Es algo por verse.
El comportamiento electoral también muestra algunos aspectos nuevos y otros no tanto. Por un lado, Kast gana en todas las regiones y en once de ellas lo hace además en todas las comunas: Arica-Parinacota, Tarapacá y todo el territorio al sur de Santiago. Sus mejores desempeños: Ñuble y Araucanía, seguidas por Maule y Los Lagos. No es el conflicto indígena ni la “inseguridad”, es la ruralidad el factor común. El extremo sur no le fue tan propicio en términos relativos: mejor en Aysén y peor en Magallanes. Pero, a no entusiasmarse demasiado rápido. A modo de comparación histórica digamos que en la segunda vuelta de 2013 Bachelet ganó también en todas las regiones y Matthei la aventajó en apenas nueve comunas, cuatro de ellas del barrio alto de Santiago. En 2017 Piñera ganó en todas las regiones, menos Aysén y Magallanes, con una diferencia de 10 puntos. Boric, en cambio, ganó en once regiones y Kast en cinco, con 12 puntos de ventaja. Independientemente de su disímil votación en primera vuelta (46, 37 y 25% respectivamente), en ninguno de estos casos pudieron entregar el mando a alguien de su mismo sector.
A pesar de los 16 puntos de ventaja que obtuvo Kast, Jara ganó en 35 comunas. Se manifiestan en ellas tres componentes: veintiún comunas son de la provincia de Santiago, del cordón periférico de la ciudad, especialmente sur y oeste. Las restantes catorce se reparten del siguiente modo: cinco en Valparaíso, donde gana en tres capitales provinciales, incluida la capital regional y nueve en comunas del norte con votación tradicional de izquierda y comunista. Es decir, un voto urbano popular, sumado a factores históricos y a la emergencia del Frente Amplio (FA) en Valparaíso. Lo nuevo es que esa votación, importante, aparece desconectada del resto del país, especialmente de las zonas rurales en su conjunto y el extremo norte. De hecho, Valparaíso fue la única capital regional donde ganó el oficialismo.
Actualmente no es posible conocer la votación de hombres y mujeres como en el pasado, pero las simulaciones basadas en modelos matemáticos (Decide Chile) indican que la votación de Kast predominó en los varones en todos los segmentos etarios y entre las mujeres de 35 a 54 años. Mientras que Jara habría sido mayoritaria en dos cohortes de mujeres: menores de 35 y mayores de 54. Allí también se presentan segmentaciones nuevas del electorado ampliado.
Todo lo anterior caracteriza de manera más precisa el escenario electoral -de eso estamos hablando- que los “cambios de clivaje”, los “fines de ciclo” y las predicciones a futuro que abundan hoy. Es posible que esos conceptos capturen algo de la realidad, pero dicen poco sobre lo que vendrá. Recientemente Mauro Basaure ha planteado que el problema es que se perdió la elección (y la propuesta constitucional) por la unidad forzada de la izquierda “materialista” con la “identitaria”. Para calzar el argumento tuvo que considerar “materialistas” al PPD y los liberales y dejar fuera de la ecuación al Partido Comunista (PC). No explica tampoco el desigual desempeño de Jara entre hombres y mujeres. Siendo así, ¿qué esperar?
¿Qué esperar?
El terreno más fecundo para la sobre interpretación es el prospectivo, donde se ensayan recetas de todo tipo. Pero hagamos otro ejercicio. ¿Cómo se presentan las condiciones para el nuevo gobierno y la nueva oposición? Sostengo que el escenario de corto plazo es positivo para el primero y cuesta arriba para la segunda. El mediano plazo, próxima elección presidencial, dependerá de lo que suceda previamente, no hay nada que predecir por el momento. En lo inmediato, ya mencionamos la ola ultraderechista internacional, de la cual Kast es activo participante, que evoluciona con mucha coordinación interna, aunque admitiendo grandes diferencias entre sus integrantes. En el escenario regional, no sería extraño que Kast cuente con buenos aliados en todos los países vecinos, incluida Bolivia, cuyo nuevo presidente pareciera querer normalizar las relaciones con Chile, basándola en asuntos económicos, lo cual favorece sin duda a nuestro país y permitirá incrementar el control migratorio con la colaboración boliviana.
Si bien en el Congreso la derecha no obtuvo las mayorías simples a que aspiraba, esta ha sido la situación normal en Chile hace ya tiempo. Y cuenta con varias opciones para sumar votos, tanto con el PDG como con los “díscolos” dentro y fuera de los partidos de centro y del “socialismo democrático”. En este campo es donde se presentan opciones que Kast deberá aclarar: si profundizar su proyecto, asumiendo conflictos en terrenos que evitó durante la campaña u orientarse a lo que llamó “gobierno de emergencia”, buscando fortalecer el poder presidencial y lograr acuerdos más amplios. Por otra parte no hay un escenario electoral a corto plazo, lo que facilita un mayor disciplinamiento parlamentario, al menos durante los dos o tres primeros años.
Más allá Mde lo anterior, en materia económica, a diferencia del diagnóstico catastrófico de la campaña de Kast, las cosas se le presentan auspiciosas: inflación controlada, alto flujo de inversión extranjera, a las que sumará ahora el gran capital nacional que emigró ante el “peligro” post 2019. Con el alto precio del cobre, la emergencia del litio y la anunciada reducción de normas ambientales, se dinamizará nuevamente el extractivismo exportador. Probablemente el empleo no crecerá mayormente y se lo abordará una vez más con subsidios. Y el déficit de productividad, ya endémico, seguirá allí, cubierto por los ingresos de la minería. Las AFP, que no fueron tocadas por la reforma de Boric, recuperarán su papel de financistas de la inversión de sus propietarios y fortalecerán por tanto su poder en un mercado concentrado.
En relación a la migración y la “seguridad”, también las perspectivas favorecen al nuevo gobierno. La migración venezolana ya ha descendido sustantivamente respecto de años anteriores (no sólo en Chile), por razones internas. ¿Qué ocurrirá si la ofensiva militar y política de Trump logra sus objetivos? La migración seguramente seguirá disminuyendo e incluso puede producirse un flujo de retorno de migrantes a Venezuela. El “corredor humanitario” que es una receta inútil hoy, pues no llega a ningún lugar, se volvería rápidamente viable. También se obtendría colaboración del país del norte para el control de parte del crimen organizado que viene de allí. Todo ello además del triunfo político que supondría para la ultraderecha y el intervencionismo trumpista, que Kast apoya con entusiasmo. Sin contar con ningún planteamiento serio en política internacional, el gobierno podría beneficiarse de un cambio en Venezuela, que a su vez afectaría negativamente tanto a la izquierda que apoya a Maduro por motivos antiimperialistas como a los que intentaron una solución política al conflicto sin lograrlo.
Todo lo anterior debe ser relativizado, en tanto no se conocen las propuestas concretas del nuevo gobierno. Incluso las tres consignas en las que se movió en la campaña no tienen una traducción concreta en políticas públicas, aunque sí en el incremento de expectativas. Los intentos por reducir drásticamente la acción del ejecutivo -la motosierra- traerán conflictos. Igual cosa sucederá con un descontrolado repunte extractivista, con la consiguiente disputa por los recursos naturales. La subordinación a Trump, que este exige sin ambages, se topará también con la intensa relación comercial con China, base del crecimiento exportador desde hace años. La búsqueda de acuerdos en el Congreso, deberá lidiar con el ADN de los republicanos y libertarios, que surgieron precisamente para denunciarlos. Por último, pero no menos importante, el nuevo presidente no representa un liderazgo sólido: pocas ideas, nulo carisma, aunque bastante pragmatismo. A pesar de su triunfo en las urnas, la derecha chilena no está unificada ni cuenta con un proyecto político que haga frente a los problemas del país. En eso no se diferencian tanto del centro y la izquierda.
A la nueva oposición le tocará la difícil tarea de recomponer proyectos de transformación que asuman no solo sus recientes derrotas, sino los desafíos que surgen en una sociedad en rápida transformación. Y que ha perdido en gran medida sus lazos con una política que se revela incapaz de conducir los cambios. Cada actor del universo opositor tendrá que hacer su propio proceso y no es este el lugar de las recetas. La posición de minoría ya la han experimentado antes, pero ahora se aprecia más severa, principalmente por el cambio del electorado. Pero puede ser la oportunidad de pensar lo no pensado y decidir lo que se ha postergado. Y habrá que caminar y mascar chicle al mismo tiempo: defender las conquistas democráticas y los derechos obtenidos, que previsiblemente se verán afectados por un gobierno de ultraderecha presionado por ser “eficaz” en sus promesas; desarrollar propuestas viables para el modelo económico-productivo que no evoluciona y sigue generando las contradicciones de siempre; conocer y conectarse con el electorado ampliado, que no se liga establemente a referentes políticos, entre otras tareas. También un período sin elecciones les puede favorecer, pues su problema no es la falta de figuras competitivas, sino la ausencia de proyectos articuladores y viables. Tanto para los antiguos referentes de la ex Concertación, en grados variables de crisis (de la reducción a la desaparición, de la dispersión a la falta de sentido), como también al viejo PC, enfrentado como nunca a divisiones internas de difícil solución. ¿Apostar a las viejas fórmulas y seguir adelante o transformarse a partir del relevo generacional, sin desaparecer como le ha ocurrido a varios de sus congéneres en el exterior? Y, por supuesto, al FA, que sale del gobierno unificado y con experiencia, pero indudablemente sin proyecto, orgánica, ni identidad suficiente. Hasta ahora no han podido/querido hacer el esfuerzo de constituir una verdadera fuerza política (ver mi artículo “Sobre los inocentes al poder. Crítica a una diatriba” en esta misma página). ¿Lo harán ahora o se sentarán a esperar a un Boric 2.0?


