Sobre «Los Inocentes al Poder». Crítica a una Diatriba

Gonzalo Delamaza – Agosto 2025

Daniel Mansuy ha publicado una diatriba contra la generación política que conformó el Frente Amplio (FA) bajo el título “Los Inocentes al Poder”. Según la RAE, diatriba es un “discurso o escrito acre y violento contra algo o alguien”.  Una definición que se ajusta exactamente a lo que este libro es. No porque carezca de investigación y elementos de valor analítico e interpretativo, sino porque el tono en que está escrito, así como las implicancias que extrae de ellos apuntan a mostrar al FA y a sus liderazgos como una suerte de “error histórico y político”, cuya existencia solo se explica por una vocación voluntarista de sus protagonistas. Y, por sobre todo, que nada ha producido ni producirá. Eso ya resulta extraño, por cuanto el FA, más allá de cualquier análisis o crítica, es un fenómeno “vivito y coleando”. Y Mansuy parece darlo por cancelado, como si fuese un asunto político del pasado, que no fue. Equivalente al Partido de la Gente o a Ampitud. De hecho, el último capítulo se llama ni más ni menos que “Triste, Solitario y Final”, glosando al gran Osvaldo Soriano, en su libro sobre el cómico a quien nadie contrataba.

Esta primera pista es relevante: al autor no le interesan tanto los hechos políticos mismos, lo que le interesa es confrontar a la generación frenteamplista consigo mismos, con lo que dijeron y prometieron. Para ello va siguiendo a algunos de sus líderes desde el 2011 hasta hoy, identificando sus cambios, sus giros estratégicos, sus pérdidas. Sostengo que en este punto reside lo más valioso del libro, lo que vale la pena discutir y profundizar. Pero al mismo tiempo, considero que ni el tono -la diatriba-, ni los alcances que el autor le concede a su análisis -el fin del FA-, resultan justificados, ni siquiera demasiado interesantes. Y creo que ello ocurre, porque el mismo Mansuy no es fiel a sus premisas iniciales: el FA responde a un déficit importante de la sociedad chilena, que reclama aun por salidas políticas, una de las cuales sigue estando representada por el FA y sus liderazgos. Veamos el asunto con más detalle.

¿Inocentes o responsables?

Una cuestión clave es que Mansuy parte reconociendo lo que los analistas de derecha y muchos que se consideran de “centroizquierda” no reconocen. Refiriéndose al contexto de surgimiento del movimiento estudiantil de 2011, señala que “nuestra transición había permitido la existencia de un forado que crecía sin parar y que pocos habían detectado” (p. 41). Ese forado, que califica como una “debilidad estructural” tenía varias dimensiones. Entre ellas el “agotamiento de la clase política, tanto en el plano ideológico como en su falta de renovación generacional (…) El país progresaba, pero ese progreso traía consigo nuevos problemas que nadie quería enfrentar, pues nadie deseaba ser el mensajero de malas noticias.” (p. 42). La generación de Boric, Jackson, Vallejo y otro/as fue ese mensajero, el que fue acogido con enorme respaldo en la sociedad chilena. Por ello tuvieron un “éxito fulgurante” y llegaron a gobernar. (Mansuy dice que llegaron “al poder”, lo que bien sabemos, no es lo mismo ni es igual). Pero, en fin, les fue bien y siguen siendo un actor relevante de la política chilena.

Sin embargo, el acucioso análisis de Mansuy sobre fragmentos discursivos y algunas acciones políticas de la generación, antes de la creación del FA y después de ella, apunta a mostrar que sus concepciones estaban equivocadas, que no fueron capaces de cumplir su promesa de resolver la debilidad estructural de la política chilena y dejar atrás el neoliberalismo. La razón de su error estaría en la “inocencia”, es decir en no responsabilizarse de las implicancias de las acciones que emprenden y las promesas que realizan. Y ello puesto que estarían más preocupados de preservar su pureza intelectual y moral, que de cambiar la realidad. Todo en ellos sería performativo, autocontemplativo, identitario y, en definitiva, fingido.

Ya volveremos sobre los calificativos, pero ¿dónde nos lleva esa explicación sico social? O, mejor dicho ¿qué es lo que explica? Por un lado, es evidente que el “forado” no se ha llenado y que la “debilidad estructural” sigue estando allí. Lo que parece decirnos Mansuy es que eso es culpa del FA, ya que ofreció resolverlo. Cómo lógica explicativa resulta extraña: son más efecto que causa. Y lo más que se podría decir es que no han logrado su propósito en el primer intento. Pero, más allá de ello, ¿cuál sería esa responsabilidad? ¿Haber dirigido algunas de las movilizaciones estudiantiles en 2011? ¿Haber levantado candidaturas al Congreso en 2013? ¿Haber conformado el Frente Amplio como coalición en 2017? ¿Haber llegado al Congreso con una amplia representación, aunque sin mucha consistencia como bancada? ¿Haber hecho una férrea oposición al gobierno de Piñera -junto a otros-, luego de la represión de fines del 2019 y la política de “inmunidad de rebaño” de la gestión Mañalich frente a la pandemia? ¿Haber apoyado los retiros de los fondos de pensiones junto a toda la oposición y parte del oficialismo de la época? ¿Haberse dividido muchas veces y unificado otras tantas? ¿Haber ganado la primaria contra Jadue y luego la segunda vuelta contra Kast, logrando para ello la unidad de la oposición? ¿Haber sido incapaces de reorientar a la mayoría independiente -y en muchos casos antipartido- en la Convención Constitucional? ¿Haber gobernado con la antigua Nueva Mayoría después de la derrota constitucional de 2022? ¿Haber concurrido parcialmente al Acuerdo por la Paz de 2020 y unificadamente al de enero de 2023? ¿Mantener un gobierno con mayor adhesión ciudadana que los de Piñera y Bachelet (los segundos)? ¿Apoyar a Jeannette Jara en conjunto con casi todo el oficialismo y la DC? La mera enumeración de hitos significativos de la trayectoria frenteamplista deja al descubierto la debilidad del juicio de Mansuy a los “inocentes”.

Es perfectamente válido señalar inconsistencias, giros y errores en la corta vida del FA, que son muchos, pero no tiene ningún sentido olvidar el “forado” que existía antes de su surgimiento y que nadie ha podido resolver. Algunos ni siquiera han tratado de hacerlo y más bien han boicoteado los intentos realizados. Es el caso de la derecha y parte de la Nueva Mayoría frente al intento de cambio constitucional de la presidenta Bachelet en 2016. También de los que “rechazaron para reformar” en 2022. Los republicanos conduciendo el proceso constitucional de 2023. Seguirán boicoteándolo en 2025 y a futuro. En síntesis, amplios grupos de la política chilena, cuya conducta política costaría calificar de “responsable” frente a este desafío. Aunque, nada inocentes, por cierto.

El libro de Mansuy olvida así su punto de partida, para tratar a la generación frenteamplista no como un intento insuficiente de respuesta a la “debilidad estructural” de la política chilena, sino que, prácticamente como su causante o continuadora. De manera análoga a como hiciera en su estudio sobre Allende, Mansuy imagina al FA como un actor omnipotente, encerrado en sí mismo, que por culpa de sus errores y sus concepciones débiles, solo causa daño. No hay contexto, no hay escenarios complejos, recursos limitados, errores forzados y no forzados, asimetrías de poder, etc. Pero a diferencia de Allende, que terminó derrotado a sangre y fuego, acá estamos ante una experiencia política en pleno desarrollo y con notables éxitos en su corta vida, a pesar de sus errores. De manera tal que el argumento carece por completo de sentido.

Como los hechos no avalan lo planteado, el autor se concentra en las críticas que se le formulan al FA desde otros actores, que quisieron llenar el forado con otras estrategias, pero que fueron derrotados en toda la línea, es decir mucho menos exitosas y menos vigentes que este. Destacan dos de ellos: el autonomismo a ultranza de Carlos Ruiz y el marxismo leninismo de Bárbara Sepúlveda y un sector del PC. También menciona, aunque con menos desarrollo, las diatribas de Alberto Mayol contra sus antiguos aliados. Resulta perspicaz en esto último, pues tiene claro que Mayol aspiraba a ser parte del estado mayor del FA -ojalá en solitario- y no lo logró. Por eso sus juicios son muy sesgados. Es muy valorable que Daniel Mansuy lea con atención y tome en serio los planteamientos que se discutieron al interior de un bloque político tan lejano al suyo. Diría que los analistas de su sector casi nunca lo hacen y tienden a la caricatura. Acá los toma muy en serio, incluso demasiado. Pero, de nuevo, ¿cuál puede ser el alcance de una crítica como la de Carlos Ruiz, que no solo fue derrotada en la interna frenteamplista, sino también en la contienda electoral? Tanto así que la Izquierda Autónoma se subordinó por completo a la conducción de Boric. Lo mismo con Sepúlveda y los recalcitrantes de la izquierda ortodoxa: no solo fueron derrotados por Boric, ahora están subordinados a un liderazgo también comunista, pero muy diferente, como es el de Jeannette Jara, producto directo del gobierno de Boric. Jamás una dirigente comunista había conducido una alianza amplia como la que encabeza Jara, con pleno respaldo del FA y heredando los aspectos más fuertes de la gestión gubernamental del presidente Boric.

Cuando despertó el forado seguía allí

A mi juicio el libro de Mansuy, aunque examina la trayectoria política del FA, falla contundentemente en explicarla, no da buena cuenta de sus logros y fracasos y, sobre todo, no lo confronta los desafíos que hoy se plantean: el forado que sigue creciendo. Sin embargo, si despejamos ese equívoco, si no le concedemos ese punto, que es clave, podemos apreciar las virtudes del análisis de Daniel Mansuy y los valores del libro. Creo que estos están en poner el dedo en la llaga de ciertas falencias políticas de la generación frenteamplista, que ésta haría muy bien en tomar en serio y enfrentar a futuro. Puesto que la promesa, aquello por lo que surgió y la justificación de su existencia como referente político, son tareas de futuro: no hemos dejado atrás el neoliberalismo, ni hemos reformulado adecuadamente la relación entre la sociedad y la política. Examinemos este asunto.

Lo más interesante a mi juicio, mucho más que la “inocencia”, que se puede curar con el tiempo y la experiencia, es la crítica teórica de Mansuy, en el sentido que el FA carecería de una teoría de la representación política, contando apenas con una crítica a la misma. La tesis autonomista -que no de todo el FA- era construir una fuerza política como expresión de los movimientos sociales. Y eso, recuerda bien Mansuy, supone dos cosas: que los movimientos sociales encarnan al conjunto de la sociedad y que la representación política puede ejercerse sin mediaciones, de manera directa y transparente. Y esas son ilusiones, una y otra vez desmentidas por la realidad. Porque muchas veces los movimientos sociales expresan minorías no bien representadas y excluidas, como ocurre por ejemplo con los movimientos por la diversidad sexual. Eso no los descalifica, al contrario, tiene un enorme valor político democrático. Pensemos solamente en el movimiento por los derechos civiles de los afroamericanos en Estados Unidos. El problema, entonces, es pensar que los movimientos son la sociedad, punto para Mansuy. Pero, ¿por qué va a ser un problema intentar representar a los movimientos sociales en la arena política?

Por otra parte, la política, al agregar intereses y definir estrategias y prioridades, tiene que construir mediaciones organizativas, programáticas, etc. Por cierto, hay mediaciones de diverso tipo y con diferentes consecuencias: desde el alcalde de La Pérgola de las Flores, que a todos decía que sí, pero luego hacía lo que le convenía a él; hasta el viejo “centralismo democrático” leninista. El fenómeno contemporáneo es precisamente la crisis de las intermediaciones organizativas -no sólo políticas- en su capacidad de orientar y regular la acción colectiva y lograr resultados. La autorrepresentación, la multiadhesión, el asambleísmo con “vocerías” pero sin dirigentes ni representantes, la confusión entre “manifestación” y “coordinación” y “movimiento social”, el antipartidismo, el inmediatismo, son algunas de sus expresiones. Demás está decir que esto no es privativo del FA, pues es algo que está presente en múltiples expresiones sociales y es parte de la crisis de la política.

Esta dimensión de la crisis de la política se expresó, de manera dramática, durante la Convención Constitucional. Y fue dramático, pues impidió percibir que el resultado final se jugaría en una arena política ampliada, la del voto obligatorio, y no solo en la restringida de quienes habían elegido a las y los convencionales a través del voto voluntario. En ese contexto, se forzó al máximo la cuestión de la representatividad: las y los convencionales representaban un amplio segmento de los movimientos sociales y de los sectores movilizados con anterioridad a la pandemia y a la crisis económica. Pero, se trataba de una arena institucional definida y como en toda política institucional, las reglas estructuran la mediación. La principal de ellas era que quienes votarían la propuesta no eran solo los que habían elegido a los integrantes de la Convención, sino muchísimos más, que probablemente no habían votado en el plebiscito de entrada, ni se habían movilizado desde el 2011. Y ello no fue adecuadamente considerado, no solo por el FA, sino por el conjunto de las izquierdas y los representantes de movimientos sociales en la Convención. Llama la atención que Mansuy no le conceda mucha relevancia a examinar la Convención Constitucional. Es uno de los capítulos más cortos del libro y solo incluye un par de referencias la posición de “rodear” o “presionar” a la Convención (dichos de Tellier y Atria, antes de las elecciones de convencionales) y la famosa pachotada de Daniel Stingo sobre mayorías y acuerdos (que luego replicó del “profe Silva” durante el Consejo Constitucional). Pero nada nos informa acerca de votó el FA en los diferentes asuntos durante la Convención, que temas privilegió, que intentó y no logró, nada. Una vez más el FA carga, para Mansuy, con el conjunto de los fracasos de la política chilena.

Pero, volvamos a la teoría de la representación. Al respecto Daniel Mansuy se queda en el maniqueísmo: a la tesis autonomista a ultranza, que no es la que domina en el FA, ¿qué opone? Dice que toda política pretende representar al pueblo y esto no se puede hacer sin mediaciones. Hasta aquí todo bien. Pero ¿cómo está representando al pueblo la política institucional chilena? ¿No son acaso las paupérrimas cifras de apoyo a los partidos y al Congreso, sostenidas por décadas, una muestra clara de que esa representación no está funcionando? ¿La emergencia del populismo autoritario no es muestra de que la representación liberal de la democracia mínima, la que cree en la autonomía total del representante, no está dando resultado? Los “populistas”, “autonomistas” o “participacionistas”, o como se les quiera denominar, tienen que pensar la representación y no conformarse con eslóganes. Así es. Pero eso no excusa ni explica la crisis de representación actual y la pobreza de la teoría entre las corrientes dominantes de la política chilena. No sabemos que hubiese ocurrido con la representación política si se hubiese aprobado la propuesta de la Convención Constitucional. Pero sí sabemos lo que ocurre bajo estas reglas y con la Constitución vigente. Frente a ello Mansuy guarda prudente silencio. Para no pasar por inocente, imagino.

Una segunda crítica importante de Mansuy se refiere a una supuesta falta de arraigo social de la generación frenteamplista. En realidad con ello se refiere a la proveniencia de muchos de sus liderazgos de las clases media acomodadas, lo que se reflejaría en su emergencia desde el movimiento estudiantil de “las mejores universidades del país”. Con esto último se está haciendo referencia a las universidades Católica y de Chile. Aquí habría una “marca de fábrica” del liderazgo frenteamplista que lo haría proclive a la inocencia y que le impediría representar al “pueblo”. Cierto es que resulta molesto cuando los líderes “pequeño burgueses”, como se decía antes, se arrogan sin mas la representatividad del “campo popular” o “la gente”, como se dice ahora. Pero, nuevamente, en eso no son diferentes a los demás partidos políticos. Es solamente que son más nuevos, algunos quizás más arrogantes, como lo era la nueva izquierda en los sesenta. La idea de “clase política” se ha vuelto moneda corriente en Chile, incluso los propios representantes se refieren a sí mismos en esos términos. Y no parece que el FA sea más “elitista” socialmente que otros. Pensemos en la última primaria del oficialismo: las comunas del sector oriente de Santiago no votaron por Winter. Antes bien fueron las únicas donde Tohá le ganó a Jara. Y en la “comuna símbolo”, la vapuleada Ñuñoa, ganó Jara y Tohá sacó más votos que en otras comunas.

El asunto del arraigo social limitado del FA tiene otras aristas mucho más interesantes: particularmente su sesgo generacional, urbano y su falta de nexos con el mundo de las y los trabajadores, especialmente en el movimiento sindical. En otras palabras, cuando un movimiento surgido desde las universidades se vuelve un referente político nacional, tiene que plantearse su expansión en términos de representatividad social. Y el FA ha avanzado bastante en términos de alcaldías, con experiencias deficientes como Ñuñoa y exitosas como Valdivia y Viña del Mar. Pero en términos orgánicos y de liderazgos, parece aun muy concentrado en profesionales jóvenes.

También el texto que comentamos hace una crítica política, que pone en boca de Carolina Tohá, a través de un epígrafe al inicio. Y esta es no ser capaces de dar cuenta adecuadamente de su propia trayectoria. Es evidente que la generación frenteamplista ha evolucionado y se ha transformado desde su emergencia en 2011. Mas precisamente, se ha conformado como un actor político, a través de diferentes hitos: el acceso a la política parlamentaria en 2013; la formación del FA y la candidatura de Beatriz Sánchez en 2017; su principal división interna, luego del “estallido social” y el “Acuerdo por la Paz y la Nueva Constitución” en 2019; el doble triunfo de Boric en 2021 (y su derrota en primera vuelta); y, por último, el desarrollo del gobierno Boric en conjunto con el llamado “socialismo democrático”, después de la derrota en la Convención Constitucional. A esto se agrega la conformación del FA como partido político unificado recién en abril de 2024.

La tarea de dar cuenta de la trayectoria no parece fácil. Y es quizás una de las más decisivas para el emergente partido. No ocurrirá durante la coyuntura electoral de 2025, pero sería un importante objetivo para el período posterior. Lo que no se entiende es por qué Mansuy considera que es algo que simplemente no ocurrió, ni ocurrirá. ¿Por qué sus líderes ya no piensan como pensaban hace doce o quince años? Dar cuenta de la trayectoria sería un signo de madurez, puesto que obligaría a revisar críticamente esa trayectoria y sacar conclusiones de ello. Sea para reafirmar algunos principios, para refundarse en otros aspectos, para prevenir errores, etc. Pero esa trayectoria es la de los intentos por resolver la “debilidad estructural” y hacer de ello una cuestión central de la política chilena. Hoy que el FA ha sido gobierno y es un partido presente en todos los ámbitos relevantes -Congreso, movimientos sociales, municipios, opinión pública- debe ser capaz de hacerlo. Pero como tarea de creación y maduración política y no solo como exégesis de lo que alguno/a dijo o dejó de decir. Tiene razón Mansuy en demandar esa “autoconciencia” necesaria. Lo que no se entiende es por qué lo da como un asunto cerrado, especialmente en el contexto general de la política chilena. ¿Quién ha dado cuenta de buena forma de su trayectoria de los últimos quince años?

Tiene razón Mansuy en señalar que una mayor consideración por dar cuenta de su trayectoria y vaivenes le hubiese evitado al FA algunos errores gruesos, especialmente a partir de la candidatura presidencial de Gabriel Boric, cuando les tocó, contra cualquier pronóstico, llegar al gobierno, en medio del proceso de elaboración de una nueva constitución. El autor destaca el no haber tomado nota del triunfo de José Antonio Kast en la primera vuelta de noviembre de 2019 y el escaso 26% que obtuvo Boric, apenas seis meses después de la elección de convencionales. Yo agregaría que tampoco tomaron nota del excelente desempeño de la derecha en las elecciones de congresistas. Ambos hechos imponían una readecuación táctica de grandes proporciones: ni más ni menos que allanarse a gobernar con quienes se había venido a reemplazar (la vieja Concertación) y modificar sustantivamente el programa ofrecido al país. En la práctica ello se hizo con celeridad y eficacia: en una semana todas y todos los candidatos derrotados y sus partidos se sumaron a la campaña en segunda vuelta y se concordó un nuevo marco programático. La segunda vuelta, como siempre ocurre, polariza las opciones. Y en ese esquema Boric ganó por paliza, ocultando los pobres resultados de la primera vuelta y, sobre todo, la gran fragmentación que había mostrado el electorado chileno. En vez de profundizar en ello, de hecho ni menciona estos fenómenos, ni tampoco la elección parlamentaria, Mansuy prefiere reiterar su obsesión, en términos extremadamente abstractos: “Entre comprender el mundo y preservar su identidad, prefirieron lo segundo” (p. 191). La realidad era más simple: el 55% de votos, la mayor cantidad obtenida por un presidente en elección alguna, le dio un nuevo aire a los triunfadores, y al mismo tiempo los obnubiló. De ahí Mansuy pasa a hacer escarnio de las estrategias iniciales del gobierno de Boric: la tesis de los círculos concéntricos, el nombramiento de Iskia Siches en la cartera de Interior y la idea de apostarlo todo a la nueva constitución que surgiría en septiembre. Sobre ello creo que no hay dos opiniones: fueron errores de gran envergadura, que pudieron evitarse con una mejor lectura de la realidad política.

Pero el libro de Mansuy omite un asunto a mi juicio más estratégico que ocurrió durante ese mismo período: la coalición que se aprestaba a gobernar no coordinó su acción con sus representantes en la Convención Constitucional. Durante todo el funcionamiento de la Convención, Apruebo Dignidad no mantuvo una posición unificada en su interior, asunto que resulta realmente inexplicable a partir de noviembre. La acción del PC apuntó al maximalismo a través de una alianza con los independientes, mientras el FA no ocupó su fuerza en hacer posible una mayoría, que debía incluir tanto a socialistas como a otros sectores de la ex Concertación y a los Independientes No Neutrales. Los resultados electorales de la primera vuelta, la composición del futuro Congreso y la inminencia de acceder al gobierno debieron haber producido una reflexión política entre diciembre de 2021 y marzo de 2022. Y ello no ocurrió, ni en el PC, ni el FA, no sólo en este último, puesto que el problema no es generacional, sino político. Aunque hubiese sido una negociación difícil, era indispensable para el buen resultado de la Convención, así como para un buen inicio del gobierno. Ese inicio se vino a producir recién el 5 de septiembre, luego de la derrota constitucional. Y todavía quedaron esquirlas de esta falta de visión, como lo fueron los indultos a “presos de la revuelta” en diciembre de 2022, que la derecha aprovechó para paralizar las negociaciones sobre seguridad y significó la renuncia de la Ministra de Justicia.[1]

Digamos, para cerrar, que el gobierno de Gabriel Boric ha pagado caro cada uno de sus errores y ha debido navegar lo mejor posible en medio de una oposición mayoritaria en el Congreso y decidida hacer fracasar, ojalá para siempre, una alternativa como la que éste encarna. En el caso del FA, la constitución de este como partido -algo tardía a mi juicio- es el paso necesario -pero de ninguna manera suficiente- para enfrentar las tareas pendientes. En términos de la coyuntura política 2025, la amplia unidad política lograda en torno a Jeannette Jara brinda el marco para iniciar un nuevo ciclo. Quizás no obtenga un triunfo electoral en la segunda vuelta de diciembre, pero indica el camino a seguir ante el ascenso actual de la ultraderecha y los problemas pendientes de la sociedad chilena. 


[1] En una nota a pie de la antepenúltima página del libro, Daniel Mansuy conjuga por primera y única vez el tiempo futuro para referirse a su objeto de estudio. En referencia a la afirmación de Carolina Tohá de que “tú no puedes ser una fuerza política, ni hablar en propiedad sobre el futuro, si no tienes un relato coherente sobre tu trayectoria y tu protagonismo en el pasado inmediato”, afirma “Este es, sin duda, el principal desafío de la nueva generación en los años que vienen: hacerse cargo, de manera reflexiva, de su trayectoria e inflexiones, en lugar de negarlas” (p. 219). Esta recomendación parece mucho más interesante que simplemente dar por terminada la experiencia o suponer que el frenteamplismo “maduro” debiese asimilarse a la ex Concertación, como parece sugerir el resto del libro.

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Sobre Gonzalo Delamaza

Sociólogo y Licenciado en Sociología por la Universidad Católica de Chile.

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